viernes, 5 de junio de 2009

"Los mundos" - Sesión 32 Taller Literario

El mundo no es redondo, porque creo que hay muchas cosas que comienzan y no acaban. La idea de circularidad siempre me ha llevado a pensar que todo tiene un principio y un final, casi como la concepción cronológica del mito del eterno retorno: el fin de algo inevitablemente genera el principio de algo.

Pero así como el tiempo es una paradoja –tan concreto, pero tan irresistiblemente subjetivo-, la circularidad del mundo no puede ser una máxima indiscutible, ni menos su extensión, su área de influencia o su energía.

Más allá de la idea de que la tierra es redonda, creo que nuestro mundo tiene formas distintas: plano y breve, para aquellos ciegos que sólo están dispuestos a ver su mundo y se maravillan o se espantan ante otras realidades, quedándose como mudos y melancólicos testigos ante lo que consideran anormal, irreal o erróneo. Generalmente son personas que creen ser dueños de una verdad única e irrevocable. Ciegos ellos. También lo encontramos en una forma cónica, para aquellos que aprendieron a salir de su estrechez y han encontrado que el mundo es infinito, en el que siempre se abrirán nuevas opciones para vivirlo, disfrutarlo y conocerlo.

Así, las formas son muchas y muy personales. No hay un mundo mejor que otro, porque cada cual tiene el suyo propio. Sí es verdad que, filosóficamente, podría ser mejor un mundo amplio, extenso, diverso e impredecible, porque esas experiencias nuevas permitirían al individuo alcanzar nuevas cotas de conocimiento, de sabiduría, de respeto, de esperanza.

Prefiero pensar que el mundo es un infinito, una creación arbitraria y libre de lo que yo configuro como tal. Anais Nin ya lo decía: “el mundo es una creación subjetiva”. Y a eso tenemos que atenernos. Si limitamos desde la base las fronteras o intentamos configurar la realidad desde un punto de vista concreto, esos muros no nos dejarán cruzar más allá y no veremos más que un micromundo, que pese a sus limitaciones, no dejará de ser válido para quien viva en él.

¿Contradicción inevitable? Sí y no. Es contradictorio pensar que todos los mundos tienen igual valor, porque automáticamente entramos en odiosas comparaciones. Un aventurero, un filántropo, una misionera o una investigadora médica no tienen mundos más valiosos que el de un parado, un ama de casa o un bebé que aprende a caminar. Pero quizás sí. No necesariamente las extensiones físicas harán que tu mundo sea más grande. Quizás mucho has estudiado y mucho quieres aprender aún, pero si en esos viajes que hiciste no has sido capaz de abrir los ojos para ver los distintos mundos que viajaron contigo, los kilómetros recorridos no han sido más que un desperdicio.

Y peor todavía. Si no has sido capaz de reconocer la diversidad de culturas, de creencias, de valores, de verdades o de expresiones de amor a través de las personas con las que has puesto en común una parte o el todo de tu mundo, el viaje no te ha llevado a ningún sitio. Todos hemos escuchado a Kaváfis y el viaje a Ítaca, donde recomienda las vivencias, las experiencias, los golpes, los aromas, los obstáculos y el placer, para hacer de nuestro recorrido todo un aprendizaje.

No obstante, en la actualidad tenemos un enorme problema: no nos interesa, en general, el mundo de los demás y sólo queremos preservar el nuestro. No nos arriesgamos, vivimos con miedos. Tememos a lestrigones y a cíclopes, incluso al feroz Poseidón. Tememos al amor, al dolor, a las heridas, a la vida misma. Pero, sobre todo, tememos a los demás, a nuestros posibles compañeros de viaje. Ya lo resume maravillosamente Hannah Arendt: “¿cómo es posible vivir en el mundo, amar al prójimo, si el prójimo –o incluso tú mismo- no acepta quien eres?

Me deja sin palabras. Me cuesta seguir ante este desamparo individualista. Todavía quiero creer que puedo compartir el mundo con alguien, con muchos espero. No descansaré, cogeré mis lágrimas derramadas, el amor recibido, los brazos reconfortantes y los sabrosos besos, cerraré una puerta de mi mundo y abriré una gran ventana por la que continuaré mi hermoso viaje.

Un pequeño homenaje

Simplemente pongo este vídeo porque es uno de los mejores momentos de los musicales clásicos, porque sé que a mi papá le gusta mucho, porque se merece esta mención y muchas otras cosas. Y porque lo quiero mucho, se lo regalo a través de mi blog. Pero también sé que mi mamá lo disfrutará mucho y le gustará oír a Barbra cantar, así que se convierte en un doble regalo para ellos.





Tareas pendientes

Sigo teniendo pendientes algunos comentarios de cine, lo sé. Pero ahora tengo que centrarme en mi artículo sobre "Wall·E" para la revista "Versión Original" (a ver si me lo publican) y en el final del taller literario. Más temprano que tarde me iré poniendo al día.

"Millenium I: Los hombres que no amaban a las mujeres"

La película, basada en la primera parte de la trilogía literaria de moda escrita por el sueco Stieg Larsson, no decepciona del todo. Si la desgranamos, obviamente sale perdiendo frente al libro, pero si la vemos en su globalidad, el resultado es bastante óptimo.

Como toda adaptación, muchas de sus historias pasan a un plano secundario o, como en este caso, desaparecen del todo. No obstante, le permiten mejorar el ritmo cinematográfico sin perder la esencia de la trama y potenciando el interés visual de las partes que realmente ayudarán a conformar un todo en el film.

El guión está bien construido para mantener el interés del espectador, pero con una primera hora algo más floja, donde quizás se ha dado relevancia a la presentación de los personajes con los que conviviremos en las otras dos partes de la saga. Así, en los próximos estrenos podremos ir directamente al grano y ver a los protagonistas en plena acción.

Sin duda que lo mejor de la cinta es Lisbeth Salander (interpretada por Noomi Rapace), que ha logrado dar esa mezcla de fragilidad, fortaleza, odio y oscuridad a uno de los personajes más políticamente incorrectos y atractivos de los últimos años. Creo que no podría haber otra mejor que ella. Además, que en sus estrechos hombros pesa gran parte de la trama, y aún más cuando veamos las partes segunda y tercera.

El resto de los personajes, muy bien elegidos, no tienen la carga dramática de Salander, pero ocupan el lugar que la historia les pide, sin estar de más. En ese sentido, la adaptación ha sabido jugar muy bien sus cartas para hacer interactuar sólo a quienes tienen un peso real en la trama central. Aún así, en el libro se dibujan mucho mejor los perfiles con detalles que en la cinta se han pasado por alto y que, creo, que hubiesen aportado un mayor referente sin extender el metraje.

Importante es tener en cuenta que la película es completamente sueca. No encontraremos los efectos ni los juegos a los que nos tiene acostumbrados el cine americano. Aquí se nota la factura nórdica y los guiños a su propio hacer. No obstante, el ritmo es un poco más ágil y consigue su objetivo: atraer tanto como lo ha hecho la trilogía Millenium.

Una verdad como una catedral

“¿Cómo es posible vivir en el mundo, amar al prójimo, si el prójimo –o incluso tú mismo- no acepta quien eres?”

(H. Arendt)
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