La vida nos enseña lecciones invaluables y siempre nos enfrenta a pruebas para continuar con el aprendizaje que comenzamos nada más nacer. Estamos preparados para todo lo que venga desde fuera y cuando parece que las fuerzas nos abandonan, siempre encontramos un resquicio que nos permite seguir adelante.
Pero muchas veces, aunque la vida parezca dura y terrible, nuestro peor enemigo lo tenemos en casa: nosotros mismos. Nadie puede hacernos más daño que nosotros; nadie conoce tan bien nuestros puntos débiles y nuestras flaquezas como nosotros. No es necesaria la acción de terceros para quebrantar el corazón más firme.
Son diversos los motivos que nos llevan a hacerlo: un afán de demostrar algo que no somos, el no permitirnos ser como queremos ser; el querer vivir la vida de los demás, según sus medidas, según sus reglas, según sus parámetros. También daña aparentar, omitir o anular lo que sentimos, simplemente por convenciones sociales, culturales, religiosas o por el motivo que sean.
Y eso es lo que destruye al ser humano, a su esencia, a su naturaleza, a su condición y a su intento por alcanzar la felicidad. Ni la peor decepción amorosa es capaz de romper un corazón como la propia negación o la anulación de la persona. ¿Cuántas personas viven hoy sin poder decir quiénes son o hacia dónde van? Lamentablemente, el número es inmenso e infinito.
Ponerlo en palabras es duro y escribirlo es muy triste, pero hay que asumir las cosas cuando se ven, cuando se sienten, cuando se enfrentan. Si el ser humano se acepta como es, sin importarle nada más, habrá dado un importante paso hacia su realización y descubrimiento. Por el contrario, si se niega a asumirse, llegará el momento en que tendrá que asumir que se ha vencido a sí mismo. Y no habrá vuelta atrás...
Pero muchas veces, aunque la vida parezca dura y terrible, nuestro peor enemigo lo tenemos en casa: nosotros mismos. Nadie puede hacernos más daño que nosotros; nadie conoce tan bien nuestros puntos débiles y nuestras flaquezas como nosotros. No es necesaria la acción de terceros para quebrantar el corazón más firme.
Son diversos los motivos que nos llevan a hacerlo: un afán de demostrar algo que no somos, el no permitirnos ser como queremos ser; el querer vivir la vida de los demás, según sus medidas, según sus reglas, según sus parámetros. También daña aparentar, omitir o anular lo que sentimos, simplemente por convenciones sociales, culturales, religiosas o por el motivo que sean.
Y eso es lo que destruye al ser humano, a su esencia, a su naturaleza, a su condición y a su intento por alcanzar la felicidad. Ni la peor decepción amorosa es capaz de romper un corazón como la propia negación o la anulación de la persona. ¿Cuántas personas viven hoy sin poder decir quiénes son o hacia dónde van? Lamentablemente, el número es inmenso e infinito.
Ponerlo en palabras es duro y escribirlo es muy triste, pero hay que asumir las cosas cuando se ven, cuando se sienten, cuando se enfrentan. Si el ser humano se acepta como es, sin importarle nada más, habrá dado un importante paso hacia su realización y descubrimiento. Por el contrario, si se niega a asumirse, llegará el momento en que tendrá que asumir que se ha vencido a sí mismo. Y no habrá vuelta atrás...